Coordenada I

La ciudad como proceso colectivo

Decir que la ciudad está políticamente implicada es decir que no existe hacer urbano que no sea, al mismo tiempo, una toma de posición sobre quién tiene derecho a qué, y bajo qué condiciones.

La ciudad no es una cosa, es un proceso

Solemos hablar de la ciudad como si fuera una cosa; un conjunto de edificios, vías y redes de servicios que alguien —un planificador, un gobierno, un mercado— ha producido para que otros la habiten. Pero basta detenerse en cualquier esquina para notar que la ciudad no está hecha; se está haciendo. En cada uso imprevisto del espacio, en cada apropiación informal de un andén, en cada disputa por el sentido de un lugar, la ciudad se reescribe.

Esto no es una metáfora. En Bogotá, una ciudad donde gran parte del territorio ha sido producido por fuera de la planificación formal —desde los barrios autoconstruidos hasta muchas de las urbanizaciones que se extienden al norte—, la idea de ciudad como producto terminado resulta no solo insuficiente, sino encubridora. Oculta el hecho de que la ciudad es, ante todo, un campo de fuerzas en tensión permanente entre lo planeado y lo vivido, entre la norma y la práctica, entre el proyecto institucional y la inventiva cotidiana.

Asumir la ciudad como proceso significa abandonar la ilusión de un orden final y reconocer que lo urbano es siempre provisional, negociado y disputado; y que en esa condición reside precisamente su potencia.

Históricamente situada, políticamente implicada

Todo proceso urbano carga consigo las capas de su propia historia. La ciudad latinoamericana, en particular, no puede leerse sin atender a las lógicas de exclusión que la han estructurado. Pero tampoco puede leerse sólo desde ahí. Junto a esas lógicas —a veces contra ellas, a veces en sus grietas— han emergido formas de resistencia, autogestión y creación colectiva que constituyen una tradición tan real como la del urbanismo oficial.

En Bogotá esto tiene expresiones concretas. Por ejemplo, la Estructura Ecológica Principal (EEP) —la red compleja de cerros, humedales, bosques y ríos sobre la que se asienta la ciudad— es un territorio en disputa entre la expansión urbana, la protección ecológica y las formas de habitar de comunidades que llevan décadas construyendo su relación con este ecosistema. Del mismo modo, instrumentos como el Plan de Ordenamiento Territorial (POT) no son documentos técnicos neutrales; son cristalizaciones políticas de una manera de entender los usos posibles de la ciudad.

Decir que la ciudad está políticamente implicada es decir que no existe hacer urbano que no sea, al mismo tiempo, una toma de posición sobre quién tiene derecho a qué, y bajo qué condiciones.

Articular sin homogeneizar

Si la ciudad es un proceso colectivo, la pregunta inevitable es: ¿colectivo de quiénes?, ¿desde qué saberes?, ¿bajo qué formas de participación?

La ciudad es conocida y producida de maneras radicalmente distintas según quién la habite. El planificador la lee en planos y datos; la vendedora ambulante la conoce por sus flujos y ritmos cotidianos; el artista la interviene desde lo simbólico; la comunidad la defiende desde la experiencia y la memoria. Ninguna de estas formas de conocer es completa por sí sola, y ninguna debería subordinarse a las demás.

El desafío que asumimos es articular esas diferencias sin integrarlas en un relato unificado. Poner en relación modos de conocer, ser y hacer que no necesitan fundirse para dialogar. Es en esa articulación —tensa, incompleta, siempre en curso— donde se abre la posibilidad de una ciudad que no solo se planifique, sino que se co-cree.

Y es desde ahí que este programa de investigación a través del diseño propone explorar las convergencias creativas entre arte, ciencia y tecnología como modos de hacer que, al encontrarse, pueden poner en conversación las preguntas que cada uno formula por separado.